Dune: Reflexiones sobre “Dios-Emperador de Dune”

En “Dios-Emperador de Dune”, cuarto libro de la saga de Frank Herbert, se eliminan casi por completo el misticismo y la acción que dominaban los libros precedentes, sustituidos por una profunda y en ocasiones árida reflexión sobre el devenir de la Humanidad y la soledad del poder. La ecología, de la que Herbert era un apasionado (tuvo su propia granja autosuficiente antes de mudarse definitivamente a Hawai), muy presente en los anteriores volúmenes, se ve reducida aquí a su mínima expresión, arrinconada de forma inmisericorde por las necesidades prácticas e inmediatas de supervivencia de los humanos. Los diálogos y reflexiones son de veras impagables, sinceros y en ocasiones dotados de un cinismo absoluto, del conocimiento completo de quien se sabe depositario de las memorias y la historia humanas, de quien distingue los finales de casi todos los caminos, y los recorre sin temor pero también sin arrogancia.

No se trata de un libro de monólogos ni mucho menos. Cada uno de los personajes representa la visión de una época; de los roces y conflictos nacidos entre éstos surge una contraposición de ideas y formas de actuar frente al poder única. La Visión fremen y práctica de Leto, clara e imprescindible para él, representa para otros el poder absoluto y destructor que las libertades individuales. El enfrentamiento ideológico y físico deriva en interesantes contradicciones de unos y otros, y de nuevo sienta las bases para las guerras abiertas que se declararán en los dos últimos libros de la saga, mucho más dinámicos en cuanto a trama y más cercanos al espíritu original de la primera novela que la presente. La democracia, tan amada entre nuestros contemporáneos como la única forma respetuosa de convivir con nuestros semejantes, se ve en este libro puesta en tela de juicio por un Leto que considera que no es el momento de que el Imperio adopte ese “modus vivendi”. Para él, los sistemas presuntamente igualitarios (todos sabemos que el mundo en que nosotros vivimos es una democracia tutelada) tan sólo refuerzan la cobardía, modulando los instintos humanos que conducen a la voluntad y la valentía, regulando apetitos y voluntades, marcando unos límites precisos: se nos domestica desde pequeños para vivir una vida tutelada por la moral común. De este modo, según Herbert, la sociedad pierde valor y se ve en peligro frente a amenazas externas. Más adelante, en el libro final de la saga, un modo especial de democracia tutelada con poderes compensados, la sociedad de las Bene Gesserit, casi el ideal de Herbert, tendrá en sus manos la supervivencia del mundo ajeno a la Dispersión.

Pero Leto no sólo abomina de la democracia clásica, sino también del conservadurismo. Desconfía de ambos extremos. Según afirma, si tras un conservador se encuentra un hombre que prefiere el pasado antes que el futuro, alguien que obliga a sus subordinados a involucionar, tras un liberal se esconde un aristócrata; en palabras de Leto II: “Los gobiernos liberales se convierten irremisiblemente en aristocracias. Las burocracias traicionan la verdadera intención de las personas que forman dichos gobiernos. Desde el primer momento, los hombrecitos que formaron los gobiernos que prometieron equiparar las cargas sociales se hallaron inopinadamente en manos de aristocracias burocráticas. Ya se sabe que todas la burocracias siguen esa pauta, pero qué hipocresía descubrirla incluso bajo una enseña comunizada. Ah… bien, si las pautas me enseñan alguna cosa, es que se repiten y se repiten incansablemente. Mis congojas, en conjunto, no son más angustiosas que las de los demás, al menos yo enseño una lección nueva”.

Leto domestica a la Humanidad con una paz de 3.000 años, les priva de la básica libertad de elección de la propia voluntad. Al dirigirles de esta forma, con el tiempo los diferentes pueblos echarán de menos aquello que se les arrancó sin piedad, buscarán su propia autodeterminación y el instinto humano creativo y guerrero aflorará de nuevo en ellos. Al mismo tiempo, Leto casi les priva de la sustancia que sostiene el Imperio: la especia, ocasionando la caída del peligroso modelo socio-económico pasado, y provocando la Dispersión. Miles de millones de personas mueren debido a su dependencia física de la especia, y otras emigran de sus planetas natales y colonizan otros mundos, multiplicando la variedad de comportamientos, aptitudes, inventos, formas de pensamiento y religiones. La vuelta de las gentes de la Dispersión provocará de nuevo una guerra contra las que se quedaron en los planetas conocidos, de la que los más aptos conseguirán sobrevivir, asegurando el futuro de la raza humana. El peligro que Leto vió en la especia y el despotismo hidráulico que ésta provocaba, quedará por fin conjurado. El tirano se convierte en el catalizador de esta evolución.

La futilidad de la historia escrita por los vencedores queda patente en todo el libro: la historia oral finalmente se lleva el crédito de la crónica de la Humanidad; tanto Leto como sus súdbitos ridiculizan constantemente los hechos consignados por los cronistas “oficiales”, y conceden mayor importancia a los hechos transmitidos entre personas. El propio Leto ironiza constantemente con el tratamiento que pueda llegar a darle la historia póstuma, y desconfía de los historiadores.

Aún dada la ocasional aridez de Dios Emperador de Dune, este libro es imprescindible para comprender toda la saga, para apreciar los vericuetos de la evolución humana y extraer valiosas lecciones de convivencia y organización social.

Amante de la ecología y estudioso de la evolución natural de los microcosmos, Herbert proporciona una valiosísima lección de evolución humana que no puede pasar desapercibida. Toda esta evolución sobreviene de forma natural, nunca se muestra forzosa, fluye como lo haría cualquier otra corriente lógica. No encontraremos en sus libros “soluciones mágicas” repentinas que suelen evidenciar una carencia argumental del escritor; da la impresión de que, al iniciar la saga, Herbert sabía como terminaría. Y aún así, dejó el final abierto… esa habilidad suele distinguirse en muy pocos autores.

Por Fantasy Mundo.

Excelente portada con este lema: “Una advertencia contra los egos mesianicos y la fé acritica en la tecnologia”.

Una respuesta a “Dune: Reflexiones sobre “Dios-Emperador de Dune”

  1. Interesante artículo.

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