Mederenor. Capítulo 7. Leucotomo

“Lo que la ley no hace o no quiere hacer, ni quienes la imparten eludiendo sus responsabilidades, en muchas ocasiones termina haciéndolo la fuerza e incluso la violencia

Conde Alexander Von Hassler (Cuando los servidores de la justicia eluden sus responsabilidades).

El Conde Alexander Von Hassler, hablaba ensimismado en la amplia terraza, que bordeaba su salón principal de audiencias, en su palacio de Thanos, en el planeta Ekatón. Una barrera de las plantas más selectas y favoritas del Conde, adornaban cada esquina formando un impresionante jardín colgante de increíbles proporciones. Riachuelos de agua, discurrían en pequeños canales soberbiamente esculpidos con motivos mitológicos de Ekatón, exóticos ramilletes floridos, flotaban mansamente en su superficie. 

La cuidada mano del Conde, acariciaba con especial delicadeza, el cuello de un soberbio ejemplar de halcón negro de Ekatón. El arte de la cetrería, solo era ejercido por las tribus Rebelis y por su persona, con animales naturales. Cierto era que existían piezas de halcones artificiales de Invenio, pero no eran lo mismo. Para el Conde perdían por así decirlo, el sabor de la caza. Susurró palabras cariñosas mientras a su espalda, sus panteras dientes de sable, gruñían celosas.

— ¡Calígula! ¡Nerón! ¡Comportaos! u os pondré a dieta. —ladró el Conde ensimismado. La amenaza, pareció surtir efecto y ambos predadores de piel oscura como el ébano, comenzaron a ronronear buscando la aprobación y afecto de su amo. —Eso es, así está mejor —asintió el Conde, sonriente. Su dedo índice, deslizó con suavidad la caperuza de su rapaz. Dejándola, deslizarse con elegancia hacia el cielo, contemplando la belleza de su plumaje y la precisión de sus movimientos, mientras tomaba altura. Su destreza se hizo evidente en pocos segundos, abatiendo a una pieza en pleno vuelo, cual un mísil alcanzando su diana. El Conde siguió con fijeza, las evoluciones de su pájaro.  Unos momentos más y alzó el guante de su brazo izquierdo. Los extremos de aquella magnífica criatura, se desplegaron en un batir armonioso de alas, posando ambas garras sobre el guante de su amo. El Conde sonrió satisfecho, giró la cabeza y ordenó a sus pequeños: — ¡Buscad!.

Las panteras, no se hicieron repetir la orden dos veces y fueron en busca de la pieza abatida por el Halcón de su amo. Su enguantada mano de cuero, con elegante gesto, posó con especial cuidado, en una jaula dorada a su rapaz, sentándose acto seguido en su sillón favorito.

Su leal Senescal Mesala, aguardaba en silencio, observando la imagen de complacencia que relucía en sus bellas facciones, su señor. El Conde satisfecho, se limpió ambas manos en una escudilla de oro con evidente despreocupación, se secó las manos con una toallita de seda y se puso a sacar distraídamente una notas a su balalaica favorita, afinando sus cuerdas mientras observaba como sentados en semicírculo y con pies y manos esposados a brillantes anillas de plastanio, sus nuevos huéspedes le miraban en un incomodo silencio. Fue el Conde quién rompió aquel inquietante silencio.  Eliminaría a sus enemigos y colaboradores de uno en uno si fuera preciso, si había una cualidad de la que se podía sentir orgulloso por haberla cultivado (con especial dedicación), durante los años posteriores a la caída del último Imperator, a manos de los Sillmarem, era la paciencia. Una mortífera paciencia que llegado el momento daría sus frutos.

—Al parecer, tengo entendido que fuisteis vos quién robasteis el único prototipo de la esfera de Vonto, del laboratorio de mi padre el difunto señor de Ekatón —Comenzó a decir el Conde—. Lo hicisteis para así dominar a la nobleza de Ekatón y después a la del imperio y por último haceros con el trono, admiro vuestra osadía aunque no vuestra torpeza, la esfera de Vonto, posee la capacidad de anular la voluntad de cualquier ser humano. ¿Pensabais así crear un mundo de esclavos a vuestro servicio? y bien… ¿que tenéis que decir en vuestra defensa ante tales cargos?, podéis hablar libremente. —ofreció el Conde haciendo una seña a Mesala para que le encendiese uno de sus cigarrillos especiales, colocándoselo con cuidado en su boquilla de oro.

El Conde dio una larga calada, volutas de humo envolvieron sus rasgos por un momento.—Añadiré un detalle más, uno pequeño, sin importancia y os dejaré vivir, tenéis mi palabra…, decidme ¿donde obtuvisteis la información de la esfera de Vonto? Y la lista de nobles tanto del imperio como de Ekatón implicados en el complot decídmelo y viviréis —ofreció el Conde escrutando las reacciones faciales y oculares de sus prisioneros con intensa fijeza.

Su prisionera Irene Svelenkova sobrina de Tanya Svelenkova esposa del embajador de Septem en vano buscaba una oportunidad, una frágil rendija de esperanza para que pudiera salir con vida de aquel lugar. Aquella maldita Homofel los había cazado, con increíble rapidez. —Como sobrina de Tanya Svelenkova, no tenéis jurisdicción para juzgarme y mucho menos para traerme prisionera a vuestro condenado planeta, os solicito pues mi inmediata liberación como la de mí…acompañante  —exigió Irene con entereza. El Conde la miró impertérrito y asintió en silencio.

–Entonces no negáis tales cargos, solo me toca a mí decidir en mi planeta, en mi jurisdicción que es o no es lícito hacer, os lo pondré más fácil aún…decidme, únicamente quién os proveyó de la información y localización de las esfera de Vonto y os dejaré marchar —insistió el Conde. —Mi señor ignoro por completo de que me habláis, pero aunque lo supiese no os lo diría, es una cuestión de principios, nada tengo que ver con dichas acusaciones —observó con serenidad, Irene. — ¿Ni siquiera para salvar la integridad, de vuestros seres queridos? Preguntó un ramalazo de temor cubrió las pupilas de Irene—. ¿Ni si quiera por vuestra  joven e ilegitima hija? —insistió El Conde señalando a una chiquilla de rubia cabellera, que le lanzó una fugaz mirada de angustia a Irene. Irene apenas si pudo reprimir un grito de dolor.

—Lo que pedís no solo no es lícito, ni legítimo, si no que es inmoral. —rugió Irene mirando desafiante al Conde. La mirada del Conde se poso en su rostro, sus agentes habían detectado comprometedores informes, que daban a entender que Tanya Svelenkova a través de su padre embajador del Imperio había podido acceder a tal información por medio de la difunta Imperatriz. “Sorprendente son en verdad los lances del destino”. Pensó, el Conde. A su lado, se apreciaba con gesto sereno estudiando cuanto rodeaba a su mayordomo Sibius, el viejo Sintoide que a su vez  había hecho las veces de doble agente para Irenia en el Imperio ,habiendo traído de cabeza a sus servicios secretos durante mucho tiempo, en cierto modo era la pieza más interesante cazada por sus Walkirias. Eso pronto iba a acabar.  El Conde arrancó con un súbito ataque de cólera.

— ¡Dioses de las profundidades! No me habléis de moral, ¡sed moral!, no me habléis de justicia ¡sed justa!, no me habléis de tolerancia ¡sed tolerante! y demostrádmelo con hechos concretos o callaos ¡Dadme la información que os pido! Repitió El Conde con impaciencia, recibiendo por toda respuesta el silencio de sus prisioneros. El hechizo de la voz del Conde adquirió un nuevo significado. La chiquilla se puso a llorar. —Bien, he hecho cuanto estaba en mi mano para brindaros una legítima oportunidad de supervivencia —ofreció el Conde con acento triste. —Mi buen Mesala si eres tan amable… Mesala oprimió un botón de su intercom y comenzó a oírse la novena sinfonía de Beethoven. Sus prisioneros lo miraron con asombro. Cerró los ojos sintiendo las notas musicales surtir efecto en su ánimo.  — ¡Dejad que la belleza invisible de la música, impregne el aire que respiráis, pues creedme no hay mejor manera de despedirse de la existencia, que saboreando este manantial interminable de inspiración para el espíritu! el Conde comenzó a bailar solo al compás de la música.

Mesala se retiró y tomó una pequeña pieza metálica del bolsillo de su casaca negra, deslizándola con delicadeza sobre los dedos índice y pulgar del Conde. — ¿Queridos huéspedes sabíais que Mesala es un gran aficionado al milenario arte político de la tortura? Puesto que tenemos que morir, que sea con elegancia —ofreció el Conde girando de nuevo sobre sí mismo, para después inclinarse ante una audiencia invisible e imaginaria de aplausos y cumplidos. Perladas gotas de sudor se deslizaron por las sienes de sus prisioneros. — ¿Sabéis que es esto? —preguntó El Conde a Irene, la cual deglutió sudorosa. —Es un leucotomo, un instrumento quirúrgico muy usado por los antiguos con fines medicinales, cierto es que los efectos secundarios de tal práctica eran cuanto menos incómodos, epilepsia, incontinencia urinaria, amoralidad…la operación era conocida como lobotomía pre frontal, que consistía en el corte de las conexiones entre los lóbulos pre frontales y el resto del cerebro como tratamiento para las enfermedades mentales…—explicó el Conde.

—Nosotros no estamos enfermos —gritó rápidamente Irene. —Es cierto erais muy conscientes de lo que hacíais…nooo queridos huéspedes, os voy a proteger de vosotros mismos, habéis sido malos, aunque en ocasiones he de admitir que Mesala es peor —reconoció sonriente el Conde —. No me gusta reírme de la desgracia ajena, pero creo que en esta vez voy a hacer una pequeña excepción — añadió el Conde sonriente, casi feliz.  — ¿Qué vais a hacer desgraciado? —rugió un furiosa Irene intuyendo lo que se les venía encima, Irene sintió como un profundo terror se apoderaba de sus intestinos.  —Evitaros el sufrimiento de vivir en un universo que ya no es apto para vos —Afirmó El Conde con frialdad.

Bruscamente las sillas de sus prisioneros se tumbaron hacia atrás, Mesala con un pequeño alfiler haciéndolo girar sobre sí mismo, los paralizo, insertándolo en un lugar clave de sus cuellos. Ahora todo lo que podían hacer era mirar y oír. Un frío sudor comenzó a recorrer las frentes de sus invitados.  –Bien a vuestro leal sirviente Sibius —dijo El Conde señalando a su viejo mayordomo—. Se os borrará vuestra mente al completo y se os insertará una nueva identidad, seréis enviado, a los campos de esclavos más remotos del Imperio, nunca más sabréis de vos mismo ni de vuestra amada señora, Mesala por favor— señaló el Conde. Mesala acercó dos pequeños discos a las sienes de Sibius. —Mi señora…mi señora…susurró Sibius con el rostro deformado por el pánico. Una fugaz descarga rojiza y su cuerpo, quedó inerte, como sin vida. Para cuando se despertase más tarde, no tendría, pasado, ni presente, ni futuro, solo una vida de esclavitud, agonía, oscuro abandono, incertidumbre y soledad.  — ¡Maldito bastardo! Os arrancaré… — ¡No haréis nada! —gritó con desprecio el Conde. No estáis en posición de hacer nada.

— ¿Sabíais que este simple y rudimentario instrumento se insertaba repetidas veces en el cerebro del paciente? Si, si así, muy bien Mesala, con la fibra cortante retraída en su extremo inferior, de tal manera que tras ser insertada, la fibra se expulsaba y se giraba el leucotomo para cortar una porción de tejido cerebral.  —Encantador, ¿verdad? —observó el Conde, cerciorándose con detenimiento, como Mesala ejecutaba dicha operación sobre el cerebro de la cría. —La cual inmóvil, no podía hacer otra cosa nada más que llorar en silencio. Irene al comprobar esto en vano luchaba por actuar pero era inútil. El dolor estuvo a punto de hacerle perder la consciencia. Mesala proseguía con metódica concentración.  —Bien, ya se, ya se, era una cuestión de principios no podíais ofrecerme la información que os solicitaba pacíficamente. ¿Veis como una cosa es tener principios y otra muy distinta ponerlos en práctica?, fijaros en el precio vuestro hija, es ya un vegetal, pero no os preocupéis vos lo acompañareis en breve, para finalmente servir de comida a mis mascotas. Creías que un hecho de estas características me podría ser ocultado por mucho tiempo  ¿a mí el señor de Ekatón? —preguntó el Conde parándose frente a un espejo.

–No…no…nooooooooooo. Irene desesperada.  — ¡Sí!, si, siiiiiiiiiiii. —parodió el Conde despiadadamente.  Se encogió de hombros, diciéndose a sí mismo: —Tenía que intentarlo ¿no? —acto seguido llamó a sus mascotas y salió bailando de aquella infernal escena, saturada por la música de los antiguos. ¡Mesala! —Sí, mi señor. —La partida debe continuar — susurró cerrando tras de sí las puertas de su salón con la más completa despreocupación, típica del que acaba de concluir una aburrida gestión burocrática y desea dedicarse a otros menesteres más interesantes, su venganza había sido tan completa, como satisfactoria.

“Mederenor”, de Gabriel Guerrero Gomez.

 

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