“La Palabra”, de Gabriel Guerrero Gomez

En una remota tierra de leyenda, tres caminantes: Un hombre llamado Hiroshi, un muchacho con el nombre de Satoru y una chica conocida como Mayumi, fueron a lo alto de una montaña en busca de la sabiduría de un viejo maestro.

Cuando se encontraron frente a su persona, este les dijo las siguientes palabras:       —Solo un requisito es necesario para disponer de todo mi saber. Adivinad este enigma, mis queridos huéspedes… —dijo el viejo maestro.  Mayumi asintió en silencio, aceptando el desafío lanzado por el anciano.  Hiroshi  y Satoru cruzaron sus miradas, intrigados por el desenlace de tan peculiar duelo.

—Bien, allá va: tierna amante dormida, cuyo despertar tan solo se inicia en el leve y atento gesto de la mirada, y con ella cobra forma, color, brillo y distancia —comenzó a decir el viejo Sabio. Durante un par de segundos más permaneció pensativo y prosiguió su exposición con sonriente despreocupación—. Tierna amante que enseña, engaña, hace, deshace, miente y alaba. Que enfrenta y pacifica por igual. Sirviente de reyes y mendigos, del bondadoso y del mezquino, del corazón oscuro y del divino. Alimento de la mente, ungüento de las heridas del alma. Tú, que otorgas tus bienes al constante, esperanza al perdido y luz al ignorante. Tú, que nombras lo desconocido. Tú, que conduces al sabio hasta las manos del mismo creador. Tú, tierna cortesana, fina dama, arquitecta de lo sórdido y lo sublime, de lo humilde y lo mundano. ¿Qué haría yo sin ti para hallar los consuelos de mis desvelos y de mi alma inquieta, sedienta de saber y de luz? Inapreciable don de los dioses y de los hombres, cuyos labios te despiden felices o airados, tristes o enamorados. En tu atenta devoción por el conocimiento, das forma y voz al silencio del pensamiento. Dime, ¿qué harían sin ti los hombres sedientos del padre espíritu, si no perderse en la nada de su yo eterno? Tú, atenta compañera del viajero fiel a los caminos recorridos por ti a través de los siglos y el papel. Tú, cuyo destello de vida se inicia dulce y calladamente con la impaciente caricia de los dedos por darte el ser, imprimiéndote en la inmaculada sábana de la ignorancia. Porque tú eres la hermana airada del silencio, furiosa enemiga declarada de la ignorancia, gentil al susurro, humilde al que sirve al eterno, a sus hermanos y hermanas. Tú eres… tú eres… —el sabio guardó silencio, observando con  interés a la muchacha.

Mayumi permanecía con el ceño fruncido. Su rostro era la viva expresión de la concentración. Hiroshi y Satoru observaban expectantes aquel duelo de ingenio. Justo cuando ya parecía derrotada Mayumi pronunció con timidez: —…La palabra. — ¡Bien, muy bien! El derecho a mí saber te has ganado —dijo el anciano. Satoru se sentía tan a gusto con la gentileza del sabio que dejó a un lado toda prudencia y se atrevió a comentar:  —Algunas palabras significan lo que son y, por el contrario, otras no son lo que significan, según el uso y al intencionalidad que les otorgue su señor.  Hiroshi soltó una furtiva mirada de reproche frente a la impulsiva audacia de su protegido.  — ¿En verdad creéis, querido huésped, como aún creen muchas gentes de las lejanas ciudades, que la palabra y toda su fuerza están siempre muertas? —preguntó, con astuta mirada, el anciano. Se encontraba en su elemento y no le desagradaba la inquieta curiosidad de un joven cuya mente despertaba y daba sus primeros pasos en el mundo del saber. — ¿Acaso no es así, maestro?  —Querido huésped, mi buen y querido joven… —el anciano sonrió—. La palabra nunca permanece muerta, tan solo dormida. — ¿Dormida, maestro? —preguntó Satoru con  curiosidad. Hiroshi permaneció en silencio sin perder detalle de lo que sucedía frente a él. —Solo dormida. Y es despertada dulcemente cuando el lector, a través de su mirada, la acaricia otorgándole nuevo vigor con la fuerza de su pensamiento. Entonces, y solo entonces, todas esas riadas de letras entrelazadas en armonía, comienzan a desperezarse y cobrar forma y significado. Palabras, frases, párrafos, páginas, capítulos y libros se suceden sin igual, iluminando con su saber, sus conocimientos, su experiencia, sus acciones y sus hechos, la mente del lector. Introduciéndole en un sinfín de nuevos universos. Frescos, únicos, diferentes, repletos de cosas nuevas por descubrir, fascinantes y desconocidas, impregnados de valor e interés para cualquier alma deseosa de saber disfrutando y siendo feliz.  —Siendo feliz… —susurró Satoru.

A su lado, Mayumi asentía en silencio, gratamente sorprendida por la curiosidad de Satoru. —Porque no debes olvidar, querido muchacho, que las palabras, en su momento, fueron concebidas por un autor. Este les concedió el don de su existencia y razón de ser, para transmitir una idea o un sentimiento, una aventura, un anhelo o un sueño, cualquier cosa fruto de su talento y saber hacer. — ¿Para compartirlas? —preguntó Satoru. —Así es. Para que tras su concepción, la palabra sea despertada por otro lector que desee descubrir, identificar y saborear las peculiaridades y conocimientos con que las dotó su creador. Creedme si os digo que la riqueza del conocimiento se halla en el compartir y dar, y no solo en el obtener y tomar —añadió, con mirada profunda, el viejo maestro. —Como las historias y cuentos de antaño —señaló Satoru.  —En efecto. Para que podáis sufrir, sentir, vivir  y morir con sus personajes, con sus aventuras, con sus debilidades, con su heroicidad. Porque a través de la palabra se refleja humilde y generosamente la sabiduría y experiencia humanas, ayudándoos a percibir, valorar y disfrutar el inigualable don de la existencia en toda su belleza. — ¿Debo entonces amar las palabras? —preguntó Satoru casi avergonzado por la pregunta. —Quien ama las palabras y su belleza, ama uno de los más hermosos instrumentos creados por la madre naturaleza para conocer y disfrutar la vida y todo lo que ella contiene, hijo mío. Por esto mismo, nunca ignoréis ni desprecies el maravilloso canto de la palabra que tímidamente llama a vuestra curiosidad, rogándoos la despertéis de su sueño. Despertadla siempre que podáis a través de sus fortalezas de papel, los libros. Abrid siempre la primera página con humildad e ilusión, puesto que ella os guiará a un mundo nuevo, a una nueva aventura, a un nuevo sendero como lo es la vida misma. Tal es la belleza del fascinante mundo de las palabras y sus ventanas de papel, los libros. Si ignoráis y despreciáis esa belleza, haréis un flaco favor a vuestra mente y espíritu.

—Entonces, ¿cuanto más se lee, se es más sabio?  —No exactamente. Muchos de los hombres más sabios que he conocido en mi vida eran analfabetos, no sabían ni leer ni escribir. No olvidéis esto, joven señor, no es necesario saber leer y escribir para alcanzar la sabiduría, es una cuestión de humildad de mente y corazón. ¿Acaso la gente cuando habla, no hace otra cosa que escribir sus pensamientos y palabras en el aire, con los labios? Dadle la importancia que se merece y amadlas con respeto pero sin cegaros por la soberbia que os aleje de la auténtica verdad y naturaleza de las cosas. La vanidad es una frecuente enfermedad que afecta tanto a los más eruditos como a los más legos, alejándoles de sus semejantes y olvidándose que sin ellos y el conocimiento generosamente otorgado por generaciones anteriores de sabios, su sapiencia no tendría ninguna razón de ser. Sed siempre humildes. Con el paso de los años aprenderéis que no se sabe más, sino que se es un poquito menos ignorante del mundo que nos rodea, y que lo más fascinante es el proceso de aprendizaje en sí mismo. La humildad de mente y corazón siempre os acercará a la verdad. El amor en la verdad, es la más práctica de las ramas de la sabiduría, puesto que en ella está en juego el corazón de todos los hombres que han existido, que existen y que existirán. No es de extrañar, pues, que todo hombre que alcance al gran espíritu, alcance el árbol que en sus mismos orígenes acopla a todas las ciencias desde el génesis de los tiempos, fundiéndose en el corazón del creador, camino de verdad y vida —terminó por decir con voz profunda el anciano. —Una verdad compartida —murmuró Hiroshi.  —La educación es un instrumento fundamental para asegurar la libertad de todo pueblo.

—No debemos ignorar el hermoso canto de las palabras —recordó Mayumi, para satisfacción del anciano. —Cantos prohibidos, libros prohibidos, palabras prohibidas. Somos la raza prohibida para cualquier tirano u opresor. Para nosotros, las gentes de la montaña, los libros son un instrumento de libertad. Por esto mismo, cuando un gobierno es corrupto, suele quemar los libros o perseguir a quienes no piensen como ellos. Aquí guardamos libros que hemos ido salvando a lo largo de los años de las guerras y persecuciones. Todos los libros son útiles, incluso los más malos.  — ¿Por qué? —preguntó Hiroshi, fascinado.  —Porque incluso un mal libro, te muestra cómo no se deben hacer las cosas. —De nuestros errores podemos aprender.  —Y de los demás —añadió el viejo maestro. —Por esto vuestro pueblo amáis tanto los libros y las bibliotecas, porque os apasiona aprender cosas nuevas —comentó Satoru. —Neutralizar la distribución de ideas, la esclavitud del pensamiento, quemar las bibliotecas, perseguir y asesinar a sus autores aún vivos es la firma de todo opresor —resaltó Hiroshi, pensativo. —No obstante, por mucho que amemos los libros, querido huésped, para nosotros la vida de nuestro pueblo vale más que todos los libros creados por los hombres. Las vidas de las personas y  del mundo natural son siempre lo primero. —Bien hablado —dijo Hiroshi. —No olvidéis que la esencia de la sabiduría respeta toda forma de vida y la palabra es su mejor y más leal sirviente.

Los tres caminantes asintieron en silencio e iniciaron el viaje de regreso a su hogar, le habían ofrecido humildemente su ignorancia al anciano y este les había correspondido, haciéndoles saber que a partir de entonces poseerían un instrumento formidable para unir la sabiduría y espíritus de pueblos, civilizaciones y hombres, a través de los tiempos…la palabra.

Gabriel Guerrero Gómez

2 Respuestas a ““La Palabra”, de Gabriel Guerrero Gomez

  1. Magnífico. La palabra es la base de todo nuestro quehacer, señor Gabriel. Por eso la mayoría de mis poemas llevan por título una sola palabra: porque concentro en ella toda la carga y espíritu de lo que luego el lector va a leer. Felicidades por un trabajo bien hecho, y feliz Navidad.

  2. Muchas gracias, Cauron, y feliz navidad para tí y los tuyos. 🙂

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s