Sillmarem 2. “El adiestramiento”

“Domina tus pasiones y dominarás una posible arma útil para tus enemigos”.

Conde Alexander Von Hassler. (La ciencia del autocontrol)

Un luminoso abanico de amarillentas coronas de luz, comenzaba a inundar, clareando, el cielo añil del horizonte, sobre el relieve de los enormes picos nevados, otorgando forma y color a tan salvaje y espectacular paisaje montañoso. El Conde Alexander Von Hassler, disfrutaba, en silencio, aquellos primeros destellos del día, situado al lado de uno de los enormes ventanales circulares que rodeaban el centro de la cúspide de su torre de adiestramiento en Thanos.

Admiraba complacido y, porque no admitirlo, también pensativo, las exóticas, olorosas y originales siluetas que adquiría el paisaje frente a sus pupilas al ser dotado de un nuevo rejuvenecimiento por los bordes de los dedos del astro solar de Ekaton. Su sala de adiestramiento personal, forrada con las mejores maderas del planeta, consideradas como las más exquisitas del Imperio, formaba un círculo perfecto, tan espacioso como sólido.

Con las afiladas paredes de roca como vertiginoso fondo, en la lejanía, a través de sus vidrieras del techo que imitaba el interior de una gigantesca copa de árbol, se podía apreciar el lento fluir de las nubes, una magnífica obra de arquitectura especialmente diseñada por el propio Conde.

Sus panteras dientes de sable custodiaban, risueñas, la entrada de aquel complejo decorado con las más variopintas armas de bronce, plastanio, arcos, lanzas, puñales, aros con punta, discos cortantes, espadas con ganchos y dardos. Ataviado con una elegante y sencilla camisa de cuello mao hecha de seda blanca, completamente vestido de negro con un cómodo y flexible traje tradicional de entrenamiento, con las yemas de los dedos, estiraba pies y manos. Su sencilla vestimenta le permitía efectuar los más complicados y fluidos movimientos sin, curiosamente, dejar de perder su sutil elegancia, siempre adherida a su persona como una segunda piel.

Itsake observaba la figura del Conde con interés, cuya mano empuñaba, en ese instante, una humilde y sencilla vara larga de madera.

-Autocontrol, no puede haber disciplina sin autocontrol -dijo el Conde mirando, con esa escrupulosidad tan propia de él, tanto el peso como la solidez de aquel instrumento.

-Y viceversa -respondió Itsake divertida.

-En esta esplendida mañana, haremos de ti un arma viva, un arma letal ya que, pese a tus extraordinarios talentos congénitos, necesito pulirte un poco más, lucharás contra mí -dijo el Conde sonriente.

-De veras mi Señor, me siento halagada, no querría causaros tantas molestias y, mucho menos, haceros sudar en tan agotadora tarea, no quisiera estropearos un traje tan bonito. Entendedme, os debo obediencia y no osaría incumplir vuestras órdenes, pero podría haceros daño, ¿no sería mejor que me enseñarais algún arte en el que tenga algo que aprender? -dijo Itsake tan puntillosa como provocativa.

El Conde ya estaba saboreando, anticipadamente, la tarea que le aguardaba con su nueva discípula. Sería divertido, sí, muy divertido y peligroso.

-En esta sala hay sensores-captadores, cuyos datos estudiarás en su momento -indicó el Conde.

-¿Con qué motivo? -preguntó Itsake azuzada con la curiosidad.

-Te adiestrarás no sólo mental, emocional y físicamente, si no militar y políticamente, ramas que te serán necesarias en el futuro.

Lo que ignoraba Itsake era que el Conde pensaba adiestrarla en tantas facetas como dominaba, que no eran pocas para un hombre de su tiempo.

-¿Para qué?

-Para servirme con más eficacia, por supuesto -dijo el Conde con ironía, amoscando a Itsake-. Aprenderás el equilibrio, el funcionamiento y distribución de los músculos, los nervios y huesos tanto de tu cuerpo como de la anatomía humana, sus puntos en común y sus diferencias, sus puntos fuertes y débiles.

-¿Con qué fin?

-Para dominar su conocimiento, muy útiles para curar o para atacar los principales puntos de tales anatomías -dijo el Conde.

-¿Técnicas de combate? -susurró Itsake.

-Es conveniente que domines distintos tipos de armas, sobre todo aquellas que puedas fabricarte con lo más simple, como en este caso, una vara de madera.

-Ya poseo mis capacidades de Homofel –dijo, con un matiz de orgullo, Itsake.

-Y son extraordinarias, pero de nada te servirán sin control. Tanta fuerza sin control te resta eficacia y te hace vulnerable frente a un enemigo bien preparado y armado. Eres increíblemente fuerte, rápida y elástica, excepcional incluso entre los de tu raza, pero para mí no es suficiente, yo te convertiré en un arma casi invencible. Para comprobarlo, pelearás sin usar tus capacidades, te lo prohíbo, sólo te defenderás con esta vara de madera -dijo el Conde señalando la suya.

-Vaya, os estáis volviendo muy quisquilloso, mi Señor, ¿teméis que os venza? -dijo con complicidad Itsake.

-Para nada, tienes permiso para golpearme cuanto quieras, si es que lo consigues. Además, recuerda que de nada me sirves muerta o mutilada, debes ser eficaz -dijo el Conde dominando su atracción física por Itsake, ataviada con un fino mono blanco de ejercicios, que delataba una figura tan esplendida como espectacular.

Itsake tomó la vara de la pared, estudiándola con humor.

-¿Y queréis que me defienda con esta simple rama sin hojas? os habéis vuelto loco –dijo Itsake bromeando.

Para sorpresa de Itsake, el Conde le lanzó un golpe directo al hombro, con tanta precisión, que Itsake, confiada, apenas pudo esquivarlo. Rodó por el suelo y se puso elásticamente en pie, con el semblante alterado, colocando instintivamente sus brazos en forma de tenaza, dispuesta a usar sus garras retráctiles. El Conde la miró con frialdad.

-¡El ataque más peligroso es aquel que menos se espera! -dijo el Conde descargando la frase como un latigazo sobre los oídos de Itsake.

-¡Maldito seáis, os voy a despedazar! -gruñó Itsake.

-¡Sólo con la vara! Concéntrate, es una orden, y guarda las garras -rugió el Conde.

Itsake se inclinó y tomó la vara jadeando con un furor creciente.

-¡No soy vuestro juguete! -gritó Itsake fuera de sí-. Nadie me ha golpeado y ha seguido vivo ¿me oís? ¡Nadie!

-¿Seguro? -dijo el Conde lanzándole otro despiadado ataque a la rodilla mientras giraba en molinete la vara, usándola tanto ofensiva como defensivamente, manteniendo a Itsake a distancia, sabedor de su superioridad física frente a él, compensándola con su maestría técnica en el manejo de las armas, cualquier arma.

Itsake comprobó que el Conde no sólo era un extraordinario estratega, genio científico o gobernante, sino también un experto guerrero, lo estaba aprendiendo por las malas.

El Conde simuló tropezar y le golpeó despiadadamente en la mejilla izquierda, un hilillo de sangre se deslizó por su pómulo. Itsake impregnó su dedo índice para chupar su propia sangre, este detalle la excitó, disparando sus respuestas sináptico-musculares.

-Bien, ¿queréis jugar? Jugaremos, Señor -dijo con voz trémula Itsake.

Por la comisura de los labios del Conde pareció perfilarse una furtiva sonrisa.

-Sin coordinación ni estabilidad, se pierde el equilibrio y uno cae -explicó el Conde, deslizando su vara de madera entre los pies de Itsake, derribando con violencia el atlético cuerpo de la guerrera Homofel, que estaba por momentos más y más furiosa. Su corazón martilleaba como loco, el Conde la estaba provocando deliberadamente, ¿por qué?

-Parece que queréis morir, mi Señor -gruñó Itsake agazapada sobre sí misma, aguardando su momento.

-Tú sí que pareces desear morir, querida. ¿Acaso un Homofel no es muy superior a un ser humano? ¿Por qué no me golpeas? ¿Te ves incapaz, querida? –dijo el Conde.

-No os golpeo porque no puedo usar mis armas, bien lo sabéis.

-Entonces, me estás diciendo que si te extraigo las garras retráctiles, ¿ya no servirías para nada? Vaya, que desperdicio –razonó con ironía el Conde.

-Bastardo –murmuró Itsake al tiempo que se lanzaba a por su Señor siendo barrida y lanzada contra el suelo antes de poder darse cuenta.

-Mientras estés tan furiosa, no podrás golpearme. Debes aprender a ser más letal siendo menos violenta. No es necesario derramar ni una gota de sangre para acabar con tus enemigos, recuérdalo –explicó el Conde.

-Hasta ahora me ha ido bien así, Señor –respondió Itsake.

-Yo creo recordar que de no ser por mí, habrías muerto ejecutada, ¿no es cierto? Querida Itsake, posees la virtud de la fuerza, pero también el defecto de la ira, eso es lo que quiero cambiar, lo que debe cambiar, necesitas autocontrol.

-¿Y por qué?

-Porque deseo que te conviertas en un arma única, mi arma -dijo el Conde.

-¿Cómo pensáis lograr tal hazaña? -inquirió con rabia Itsake.

-Lo haré, o morirás en el empeño -dijo el Conde mientras tiraba, aburrido, su vara y, acalorado, sacaba de su bocamanga un hermoso abanico, símbolo de la elegancia más refinada en el Imperio. Itsake le miró, por un segundo, atónita.

–¿Eso es todo? -preguntó Itsake frustrada, bajando la guardia.

–Los ataques más peligrosos son aquellos que menos se esperan. Distraer y confundir -rugió el Conde descargando un golpe mortal que, de no ser por los extraordinarios reflejos de Itsake, le hubiese cercenado el cuello.

La joven guerrera Homofel no pudo evitar que el abanico del Conde partiera en dos su vara de madera, al parecer éste estaba formado por camufladas cuchillas de plastanio, afiladas con puntas y varillas de metal, un inofensivo complemento que, en manos del Conde, adquiría un significado siniestro.

-¿Acaso no es lo primero que te he enseñado? ¿Es así como piensas servirme, Itsake?

Itsake contraatacó con una patada que hubiese quebrado los huesos del Conde de no ser porque éste la esquivó hábilmente. La Homofel, enlazó este primer movimiento con un barrido que derribó al Conde sobre su espalda, pero éste, todo un pozo de sorpresas, deslizó por su cintura un fino látigo de metal y atrajo, hacia sí, a la bella guerrera, que apoyó las puntas de sus garras en el cuello del Conde, rasgándole ligeramente la piel y dejándole cuatro diminutas marcas. Itsake emanaba una atracción salvaje que fascinaba a su Señor.

-Podría atravesaros el cráneo ahora mismo, ¿os parece suficiente autocontrol, Señor? –dijo Itsake con ironía.

El Conde sonrió y la besó con pasión. Itsake le devolvió el beso y acercó su cuerpo al del Conde, aprovechando el deseo que sabía despertaba en él, para hacerle una llave que le derribó. El Conde, de repente, se vio en el suelo con el cuerpo de Itsake encima de él, y con uno de los trozos que quedaban de la vara rota de Itsake presionándole el cuello. La Homofel sonrió con autosuficiencia.

-Veo que vos tampoco os esperabais este ataque, Señor. No deberíais distraeros.

Por un momento, el Conde, sorprendentemente, no supo cómo reaccionar. Itsake le acababa de devolver la lección que él le estaba enseñando, dejándole claro que era conocedora del poder que ejercía sobre su persona. De repente, comprendió que la joven Homofel era más parecida a él de lo que en un principio imaginó, una verdadera alumna a la que poder enseñarle todo lo que sabía, alguien tan peligrosa como él. Sonrió, mirándola a los ojos, y atrajo sobre sí el cuerpo de Itsake, ésta dejó que le poseyera con furia. El salado sabor de su sudor, parecía enloquecerlos en un ciego frenesí de contorsiones, un torrente de pasión que anulaba cualquier control sobre sus sentidos, propagando, por cada centímetro de su piel, ardientes sensaciones que no les parecía posible sentir.

Extracto perteneciente a “Sillmarem Libro II: Torre por Alfil”.

Capitulo 16. “El Adiestramiento”. Por Gabriel Guerrero Gómez.

 

 

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