Las reglas se derrumban una vez más. En el partido de Tokio, descubrimos que habrá tres de esas bolas alargadas y deformes en juego en todo momento.
Algunos de nuestros jugadores más experimentados tienen miedo a salir a la pista. Después, tras ser coaccionados y amenazados, finalmente dan su consentimiento para unirse a la corriente, pero fingiendo lesiones siempre que pueden y tumbandose en la pista como conejos. En cuanto a mí, juego con mayor abandono que nunca, devolviendole a la gente lo que pago con su dinero. Mientras los patinadores de Tokio miran por encima del hombro en busca de las bolas, les golpeo con fuerza, y cuando andan buscandome, pobres diablos, es la pelota la que les saca del partido. Sigue leyendo


































